La comunicación o el miedo

 

Corre estos días un interesante análisis de una ONG sobre la mala praxis comunicativa del sector, la enésima rasgadura de vestiduras de un colectivo que se puso una completísimas normas éticas para no sacar niños con mocos y moscas, y que luego no tienen coraje de aplicarlas, a pesar de las numerosas ocasiones que viene teniendo.

Un sector que clama a favor de conectar con los movimientos sociales, hacerse asambleario y participativo a golpe de plan de estratégico, y luego no sabe ni a quién llamar cuando hay una manifestación. Que se conjura para hacer incidencia política y son los primeros en besar la mano a quienes trituran la cooperación, mostrando un servilismo de caricatura. Que habla de coherencia de políticas y ha preferido mirar hacia otro lado con las violaciones y retrocesos de Derechos Humanos de estos años en casa, ‘lo nuestro es el Tercer Mundo, chicos, hay que priorizar’. Que no le ha hecho ascos a cualquier alianza con el sistema económico en el que se pudren esos derechos, y que ahora se sorprendre de no tener veracidad o poder de convocatoria.

No sé, a lo mejor es que las ONG no dan para más, la calle está ahí, solo hay que ocuparla, unirse a quienes han hecho de ella su camino, y no pretender ser líderes de nada, como mucho puentes con otras luchas. Probablemente el error de partida sea considerar al conjunto como unidad de destino en lo universal, que diría aquel, cuando solo les une su inscripción en el mismo registro oficial. Más que un problema comunicativo, debe de ser un problema existencial: si solo te importa la pasta y llegar a fin de mes, al final se te ve el cartón. Y cuando tiemblas de miedo, los renglones salen torcidos. Algunas prefieren ni escribirlos, y a lo mejor son las más honestas de todas.

Pero podéis seguir investigando, por supuesto, aunque seguramente lo que falta es darse cuenta simplemente de que comunicar no es una opción, sino la parte central de nuestro trabajo. Si ese trabajo es transformar algo, claro. Pero no tienen por qué serlo, y el público, en general, queridas, me temo que todavía sigue tarareando We are the world, y pensando que el edificio en el que vivimos, con cuatro chapucillas, va aguantar otro Antropoceno entero.

A lo mejor el problema no es la comunicación, sino el miedo a despertar a toda esa gente, que además es la sustancia de la que están hechas todas esas ONG, o lo que quiera que sean.